jueves, 29 de enero de 2015

ALEJANDRA PIZARNIK

El despertar

                                                      A León Ostrov

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y se ha volado
y mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte
y sonríe detrás del viento
a mis delirios

Qué haré con el miedo
Qué haré con el miedo

Ya no baila la luz en mi sonrisa
ni las estaciones queman palomas en mis ideas
Mis manos se han desnudado
y se han ido donde la muerte
enseña a vivir a los muertos

Señor
El aire me castiga el ser
Detrás del aire hay monstruos
que beben de mi sangre

Es el desastre
Es la hora del vacío no vacío
Es el instante de poner cerrojo a los labios
oír a los condenados gritar
contemplar a cada uno de mis nombres
ahorcados en la nada.

Señor
Tengo veinte años
También mis ojos tienen veinte años
y sin embargo no dicen nada

Señor
He consumado mi vida en un instante
La última inocencia estalló
Ahora es nunca o jamás
o simplemente fue

¿Cómo no me suicido frente a un espejo
y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco me esperaría
con las luces encendidas?

¿Cómo no me extraigo las venas
y hago con ellas una escala
para huir al otro lado de la noche?

El principio ha dado a luz el final
Todo continuará igual
Las sonrisas gastadas
El interés interesado
Las preguntas de piedra en piedra
Las gesticulaciones que remedan amor
Todo continuará igual

Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo
porque aún no les enseñaron
que ya es demasiado tarde

Señor
Arroja los féretros de mi sangre

Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón

Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglos

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y ha devorado mis esperanzas

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
Qué haré con el miedo



De "Las aventuras perdidas" 1958 

 


miércoles, 28 de enero de 2015

FRANCISCA AGUIRRE

Desmesura

A Javier Statié

Dijo que no. Y el Tiempo se quedó sin tiempo.
Luego, la vida hizo una pausa
y todo pareció recomponerse
como esos acertijos infantiles
en los que sólo falta una palabra,
una palabra necesaria y rara.
Pero dijo que no. Cerró los labios
y escuchó el gorgoteo de las sílabas
luchando por vivir a la intemperie.
Dijo que no. Y el tiempo oyó el silencio.
Luego, la vida hizo una pausa.
Y todo fue distinto: el dolor fue
más cauto, más sensato,
la lujuria lloró en su madriguera.
Y el tiempo inauguró sus máscaras:
hubo un pequeño espanto en los rincones,
temblaron los espejos agobiados
defendiendo impotentes el azogue. 
Los pájaros callaron esa tarde
y la luna brilló blanca y sin manchas.
Ardió la noche como vieja tea
con la absurda avaricia de la muerte,
con su luto distante y pegajoso,
y un rencor resabiado y carcomido
descargó como lluvia en el desierto.
Entonces, sólo entonces,
oyó a su corazón ladrando
y se volvió despacio a los espejos
y los vio tiritar con mucho frío
y pedir compasión desde su escarcha.
Y no supo qué hacer con tanta desmesura:
cerró los labios y escuchó al silencio.



lunes, 26 de enero de 2015

SANTA TERESA DE ÁVILA

Vivo sin vivir en mí...

(Versos nacidos del fuego del amor
de Dios que en sí tenía)


Vivo sin vivir en mí,
y de tal manera espero,
que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mí
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí;
cuando el corazón le di
puse en él este letrero:
que muero porque no muero.

Esta divina prisión
del amor con que yo vivo
ha hecho a Dios mi cautivo,
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué vida tan amarga
do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
no lo es la esperanza larga.
Quíteme Dios esta carga,
más pesada que el acero,
que muero porque no muero.

Sólo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo, el vivir
me asegura mi esperanza.
Muerte do el vivir se alcanza,
no te tardes, que te espero,
que muero porque no muero.

Mira que el amor es fuerte,
vida, no me seas molesta;
mira que sólo te resta,
para ganarte, perderte.
Venga ya la dulce muerte,
el morir venga ligero,
que muero porque no muero.

Aquella vida de arriba
es la vida verdadera;
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva.
Muerte, no me seas esquiva;
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.

Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios, que vive en mí,
si no es el perderte a ti
para mejor a Él gozarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero.




sábado, 24 de enero de 2015

RAFA CORRECHER

Eurídice

No sabes cuánto tiempo
te quedarás,

no sabes cuánto
tiempo
en esta construcción de estalactitas;

sin marcas en los labios
abres todas mis puertas
y maldices;

apenas eres una mota
en el granito de una lápida
árbol frutal de mi impaciencia

-labor oscura
por un instante, Eurídice
sin huellas en el mundo.




miércoles, 21 de enero de 2015

RAFA CORRECHER

La partida



A Pedro Montealegre



Te paseas, acuático,

bajo un cristal

de reloj y deslizas

su arena

para llegar al ápice

de tantos sueños.



Nunca recordaré de ti, jamás,

una página en blanco;



tú prefieres bañarte

en el dibujo de un caballo



y en esa transparencia

-con los residuos

del último poema bajo tu superficie, 

se alimentan los peces.




domingo, 18 de enero de 2015

RAINER MARIA RILKE

Las elegías de Duíno 
Primera elegía

¿Quién, si yo gritara, me escucharía entre las órdenes 
angélicas? Y aun si de repente algún ángel 
me apretara contra su corazón, me suprimiría 
su existencia más fuerte. Pues la belleza no es nada 
sino el principio de lo terrible, lo que somos apenas capaces 
de soportar, lo que sólo admiramos porque serenamente 
desdeña destrozarnos. Todo ángel es terrible. 
Así que me contengo, y me ahogo el clamor de la garganta 
tenebrosa. Ay, ¿quién de veras podría ayudarnos? No 
los ángeles, no los hombres, y ya saben los astutos 
animales que no nos sentimos muy seguros en casa, 
dentro del mundo interpretado. Nos queda quizás 
algún árbol en la loma, al cual mirar todos los días; 
nos queda la calle de ayer y la demorada lealtad 
de una costumbre, a la que le gustamos, y permaneció, 
y no se fue. Oh, y la noche, y la noche, cuando el viento 
lleno de espacio cósmico nos roe la cara: 
¿Para quién no permanecería aquélla, la anhelada, 
la tierna desengañadora, ahí, dolorosamente próxima 
al corazón solitario? ¿Es más suave con los amantes? 
Ay, ellos sólo se ocultan uno a otro su suerte. 
¿Todavía no lo sabes? Arroja el espacio que abarquen 
tus brazos hacia los espacios que respiramos; quizá 
los pájaros sientan el aire ensanchado con un vuelo más íntimo. 

Sí, las primaveras de veras te necesitaban. Varias 
estrellas te pedían que las rastrearas. Se alzaba 
en el pasado una ola hacia ti, o cuando pasabas 
por una ventana abierta, se te entregaba un violín. 
Todo esto era una misión, ¿pero fuiste capaz de cumplirla? 
¿No estabas siempre distraído por la esperanza, como 
si todo ello te anunciara a una amada? 
¿Dónde intentas alojarla, si en ti los grandes pensamientos extraños 
entran y salen, y con frecuencia se quedan durante la noche?. 
Pero si sientes anhelos, canta pues a las amantes; no es, 
en absoluto, suficientemente inmortal su famoso 
sentimiento. Aquéllas que casi envidias, las abandonadas, 
las encuentras mucho más amantes que las saciadas. 
Empieza siempre de nuevo la alabanza siempre inalcanzable. 
Piensa: el héroe sigue en pie, aun el ocaso fue para él 
sólo un pretexto para ser: su último nacimiento. 
Pero a las amantes la exhausta naturaleza las recoge 
en su seno, como si no hubiera fuerzas para lograr esto 
dos veces. ¿Has pensado lo suficiente en Gaspara Stampa, 
y lo que puede sentir cualquier chica a quien el amado 
abandonó, frente a tan elevado ejemplo de mujer amante: 
¿Llegaré a ser como ella? ¿Estos, los más antiguos 
dolores, no deberán, por fin, darnos fruto? ¿No es 
tiempo ya de que, al amar, nos liberemos del amado y, 
temblorosos, resistamos, como la flecha resiste al arco, 
para ser, unidos en el salto, algo más que la sola 
flecha? Porque el permanecer está en ninguna parte. 

Voces, voces. Corazón mío, escucha, como sólo los santos 
escuchaban; la enorme llamada los alzaba del suelo; 
pero ellos seguían de rodillas, de modo imposible, 
sin darse cuenta: de tal manera escuchaban. No 
que pudieras soportar la voz de Dios, lejos de eso, pero 
escucha el soplo, las noticia incesante que se forma 
del silencio. Murmura hasta ti desde aquellos que han 
muerto jóvenes. ¿Acaso su destino no se dirigió siempre 
tranquilamente a ti, en Roma y Nápoles, cuando entrabas 
en alguna iglesia? O una inscripción sublime se grababa 
para ti, como hace poco la lápida de Santa María Formosa? 
¿Qué quieren de mí? Debo apartar en silencio 
la apariencia de injusticia que a veces estorba un poco 
el puro movimiento de sus espíritus. 

Realmente es extraño ya no habitar la tierra, 
ya no ejercitar las costumbres apenas aprendidas; 
a las rosas, y a otras cosas particularmente promisorias, 
ya no darles el significado del futuro humano; ya no ser 
aquél que uno fue en interminables manos angustiadas 
y hasta hacer a un lado el propio nombre, como un juguete 
roto. Extraño, ya no seguir deseando los deseos. Extraño, 
ver todo lo que tenía sus propias relaciones, aletear 
tan suelto en el espacio. Y estar muerto es doloroso, 
y lleno de recuperación, de modo que uno rastree 
lentamente un poco de eternidad. Pero todos los vivos 
cometen el mismo error de diferenciar demasiado 
tajantemente. Los ángeles (se dice) con frecuencia no 
sabrían si andan entre los vivos o entre los muertos. 
La corriente eterna arrastra siempre consigo todas 
las edades a través de las dos zonas y atruena sobre ambas. 

Finalmente ya no nos necesitan, los que partieron 
temprano, uno se desteta dulcemente de lo terrestre, como 
uno se emancipa con ternura de los senos de la madre. 
Pero nosotros, que necesitamos tan grandes secretos, 
nosotros que tan frecuentemente obtenemos del duelo 
progresos dichosos, ¿podríamos existir sin ellos? 
¿Es inútil el mito de que, en la antigüedad, durante 
las lamentaciones fúnebres por Linos, 
una atrevida música primitiva se abrió paso en la árida materia 
inerte; y entonces, por primera vez, en el espacio 
sobresaltado, en el que un muchacho casi divino de pronto 
se perdió para siempre, el vacío produjo esa vibración 
que ahora nos entusiasma y nos consuela y ayuda?


* * * 

Segunda elegía

Todo ángel es terrible. Y sin embargo, ay, los invoco
a ustedes, casi mortíferos pájaros del alma, sé quiénes
son ustedes. Los días de Tobías, ¿dónde quedaron?,
cuando uno de los más radiantes apareció en el umbral
sencillo de la casa un poco disfrazado para el viaje,
ya no tremendo (muchacho para el muchacho,
que se asomó, curioso). Si ahora avanzara el arcángel,
el peligroso, desde atrás de las estrellas, un solo paso,
que bajara y se acercara: el propio corazón, batiendo
alto, nos mataría. ¿Quién es usted?
Tempranos afortunados, ustedes, los mimados
de la creación, cadena de cumbres, cordillera roja
del amanecer de todo lo creado -polen de la divinidad
floreciente, coyunturas de la luz, corredores,
escalones, tronos, espacios del ser, escudos
deliciosos, tumultos del sentimiento tormentosamente
arrebatado, y de pronto, individualizados, espejos,
ustedes, los que recogen nuevamente en sus propios
rostros, la propia belleza que han irradiado.

Porque nosotros, siempre que sentimos, nos evaporamos;
ay, nosotros nos exhalamos a nosotros mismos,
nos disipamos; de ascua en ascua soltamos un olor cada
vez más débil. Probablemente alguien nos diga: Sí,
entras en mi sangre; este cuarto, la primavera se llena
de ti..., ¿de qué sirve? Él no puede retenernos,
nos desvanecemos en él y en torno suyo.
Y aquellos que son hermosos, oh, ¿quién los retiene?
Incesantemente la apariencia llega y se va de sus
rostros. Como rocío de la hierba matinal se esfuma
de nosotros lo que es nuestro, como el calor
de un plato caliente. Oh, sonrisa ¿a dónde? Oh,
mirada a lo alto: nueva, cálida, fugitiva
ola del corazón; sin embargo, ay, somos eso. ¿Entonces
el firmamento, en el que nos disolvemos, sabe
a nosotros? ¿De veras los ángeles recapturan solamente
lo suyo, lo que han irradiado, o a veces, como
por descuido, hay algo nuestro en todo ello? ¿Estamos
tan entremezclados en sus facciones, como la vaga
expresión en los rostros de las mujeres preñadas?
Ellos no lo advierten en el torbellino de su regreso
a sí mismos. (¿Cómo habrían de advertirlo?).

Los amantes podrían, si lo comprendieran,
hablar extrañamente en el aire nocturno. Pues parece
que todo nos oculta. Mira, los árboles son; las casas
que habitamos permanecen todavía. Sólo nosotros pasamos
de largo sobre todas las cosas como un cambio
de vientos. Y todo se une para acallarnos, mitad
por vergüenza quizás, y mitad por esperanza indecible.

Amantes, a ustedes, satisfechos el uno en el otro,
les pregunto por nosotros. Ustedes, los que se aferran
a sí mismos. ¿Tienen pruebas? Miren, me ha ocurrido que
mis manos se reconozcan entre sí, o que mi rostro ajado
se refugie en ellas. Eso me da cierta sensación. ¿Pero
quién, sólo por eso, se atrevió a creer que de veras
es? Sin embargo ustedes, los que crecen el uno
en el arrobo del otro, hasta que él suplica, abrumado:
“Basta”; ustedes, los que crecen, bajo sus recíprocas
manos, más exuberantes, como años de grandes uvas;
los que mueren a veces, sólo porque el otro se ha
expandido demasiado; a ustedes les pregunto por nosotros.
Sé que se tocan tan dichosamente porque la caricia
retiene, porque no desaparece el sitio que ustedes,
los tiernos, ocupan; porque, debajo de todo ello, ustedes
sienten la duración pura. Ustedes, de sus abrazos,
por ello, casi se prometen eternidad. Sin embargo, cuando
ya se han sostenido el sobresalto de la primera mirada,
y ya ocurrieron las ansias junto a la ventana
y del primer paseo juntos, una vez, por el jardín:
Ustedes, amantes, ¿siguen todavía entonces siendo
los mismos? Cuando el uno alza al otro hasta su boca
y se unen -bebida con bebida-: ¡oh, de qué manera
tan extraña el bebedor entonces se escapa de su función!

¿No se asombraron ustedes, en las estelas áticas,
de la prudencia de los gestos humanos? El amor
y la despedida, ¿no fueron puestos demasiado
ligeramente sobre los hombros, como si se tratara
de seres hechos de otra materia que nosotros?
Recuerden las manos, cómo se posan sin presión, aunque
hay vigor en los torsos. Estos dueños de sí mismos
lo sabían: Hasta aquí, nosotros; esto es lo nuestro,
tocarnos así; que los dioses nos aprieten
con mayor fuerza. Pero eso es cosa de los dioses.
Si nosotros encontráramos también una pura, contenida,
estrecha, humana franja de huerto, nuestra, entre
río y roca. Pues nuestro propio corazón nos excede
tanto como a aquéllos. Y ya no podemos mirarlo
a través de imágenes que lo sosieguen, ni a través
de cuerpos divinos, en los que se contenga más.

De "Las Elegías de Duíno" 1922
Traducción de Jaime Ferrero Alemparte


viernes, 16 de enero de 2015

MARÍA BENEYTO

Cotidiana llegada
Estoy aquí.
Pasa. Un momento y termino.
Algo difícil sobre consonantes
absurdas... ¿Hace frío?
¿Hace amor, lluvia, viento?
¿Qué me traes?
¿Hemos tenido hijos
esta noche? Siéntate. ¿Puedes?
Quito libros, papeles. Como siempre
la invasión de las letras
que ya trepan, ¿las ves?,
por paredes y techos.

Tienes las manos pálidas
y en tu cara
amanece el cansancio.
Deja que también pasen
los árboles, contigo,
el bosque, el mar, las grandes cataratas.
Esa ardilla que tengo aquí,
en el hombro,
me cuchichea brisas
y los pájaros llenan
de insurrección la casa.
¿Quieres café, un zumo, coca-cola?
La silla tiene flojos
los huesos, has de perdonarla,
ya es vieja... (¿Un ave lira?
¿La flor del Paraíso
a punto ya de ser manzana?
¡Qué detalle!)
Quiero que estés contento
de mí. Escribo mucho.
Tanto como querías tú.
¿Qué ocurre?
La niebla se interpone, no te veo.
Los pájaros te ocultan
y esas ramas me vuelven
parte del bosque. Habla.
Que te oigan mis hojas.
Que mis ojos vegetales
te sepan cerca. Tengo nidos
en los brazos y el pelo.
Llega una taza de café volando
del comedor, y a la terraza
le nace un sauce, ese árbol triste,
ese árbol que llora.



lunes, 12 de enero de 2015

PEDRO MONTEALEGRE LATORRE

PENITENCIA

Caigo
de cara en tu charco
Mis rezos son musgos flotantes
que miras extasiado desde el cielo
Retorno de rodillas a la urbe que me diste
Me vuelvo estaca, poste de luz, no puedo conmigo
y me das la cojera. No me mendigo a mí mismo
para encontrarte entre todos los cartones
Quizás si me invitas a cerveza
hablemos de gloria y redención
Cuando esté borracho convénceme de lo que quieras.

PISAS MI ESPALDA

Ya no
duermo en la
memoria del paraíso
tal vez de una calle
donde los niños agitan
su corazón como basura
Ya no lustro los silicios de la lluvia
Putrefactos los peces de la conciencia
no son una pared en la que rayes
garabatos y corazones anónimos
Y yo no soy un muchachito que por gloria
se subiría al auto de cualquiera.

LOS POSESOS

... A Quercipinion

No es malicia
que luzcamos placentas al salir de la misa
mientras adúlteros y extasiados
lamemos los cirios del último sacrificio
Es delicia
que desde el fondo de la lápida
en la pared más oscura de la iglesia
abramos las piernas a los demonios
y clavemos entre ellas la cruz.

OFERTORIO
3
El camino hacia tu infierno está lleno de avellanas:
caminando me llevo a la boca algo de ellas.
¡Son mis pies los que dejan esta huella en el carbón!
Yo prefiero ser tu látigo, aunque no pondré mi rostro
en tu esponja de vinagre ni en tu paño de ramera.
¡He hurtado las monedas como todos los muchachos!
El sudor de mi mano tiene espumas de mar,
y mis dedos son finos como un hilo de seda.
¡Deja mortalizarme! Yo no quiero ser Midas,
no pretendo que mis dedos vuelvan oro cada cosa.
Córtame las plumas, que prefiero embriagarme:
dame un vaso y acompáñame. No pretendo ser Dédalo,
sino un ángel borracho que te beba como un hombre.
4
No pretendo esta miseria: yo no soy tu ciudad.
Ponte en cuatro, que aparezco; en setenta veces siete.
En tres ejes tu gloria se jura perfecta.
Tiene voz de niñita. Pero un niño como yo
va buscando sus heridas: aunque tú eres mi padre,
aunque yo soy el tuyo, no me seas vendado.
No me sean tus ojos quemados con carbones:
esta gloria no es un beso entre niño y niñita.
Camino con todos adonde las calles se repartan,
acaso como un delta, el mismo río que te nombra.
Así fueran los siglos un trigo para aves,
yo soy tu amortajado -¡Dime, tú, en qué vientre!-
tu piedra, como Biblia, transparente y único,
bajo un mar de medianoche. Pero no tu ciudad.





domingo, 11 de enero de 2015

RAFA CORRECHER

     Naufragios




A Charb, Cabu, Wolinski y Tignous y a todas las víctimas de la intolerancia




Pero sabed que aquí respira un hombre;

soy un rectángulo de carne

donde las hojas secas se amontonan.


Tengo frío en los pies,

corren sobre esas hojas

ocasiones perdidas,

también la tinta del bolígrafo

como un caballo azul;


es un azul destierro

que cae contra nosotros;

y pinta en los portales su inclemencia

de cruces invertidas.



El verso de los dioses

se quema en la humedad del parque,

su fuego protector nos abandona;

ha muerto hoy en esa hoguera

toda divinidad.



Naufragios tan prometedores

-la pólvora y el humo, el mito funeral de las iglesias,

con dientes afilados como agujas.


lunes, 5 de enero de 2015

INGEBORG BACHMANN

Cantos durante la huida


                                           Dura legge d'Amor! ma, ben che obliqua, 

                                                                 Servar convensi; però ch'ella aggiunge 
                                                                 Di cielo in terra, universale, antiqua« 

                                                                   Petrarca, "I Ttriunfi" 



La hoja de palma se parte con la nieve, 
las escaleras se derrumban, 
la ciudad yace tiesa y brilla 
en el extraño resplandor de invierno. 

Los niños gritan y suben 
a la colina del hambre, 
comen de la blanca harina 
y rezan al cielo. 

La rica quincalla invernal, 
el oro de las mandarinas, 
vuela en las ráfagas salvajes. 
Rueda la naranja sanguina. 

II 
Yo, sin embargo, yazgo solo 
encerrado en hielo, lleno de heridas.

Todavía la nieve
no me vendó los ojos.

Los muertos, abrazados a mí,
callan en todas las lenguas.

¡Nadie me ama ni ha agitado
una lámpara para mí!


X
¡Oh amor, que rompiste y tiraste
nuestras cortezas, nuestro escudo,
el cobijo y la herrumbre marrón de años!

¡Oh penas, que pisándolo apagaron nuestro amor,
su fuego húmedo  en las partes sensibles!
Llena de humo, sucumbiendo en el humo, la llama se repliega.


XII
Boca que durmió en mi boca,
ojo que vigiló mi ojo,
mano-

y los que me arrasaron, los ojos!
¡Boca que pronunció la sentencia,
mano que me ejecutó!


XV
El amor tiene un triunfo y la muerte tiene otro,
el tiempo y el tiempo de después.
Nosotros no tenemos ninguno.

A nuestro alrededor sólo hundirse de astros. Destellos y silencio.
Mas la canción por encima del polvo después
va a superarnos.



De "Invocación a la Osa Mayor" Ediciones Hiperión 2001

Traducción de Cecilia Dreymüller y Concha García


domingo, 4 de enero de 2015

CÉSAR SIMÓN

Quien celebra los días

Quien celebra los días
no los celebra.
Quien levanta la copa
nada ofrece.
(Abrir una ventana y desnudarse
en más que trascendente.
Amar es tenebroso;
acariciar, oscuro;
pero quien acaricia lo comprende).
Nunca he brindado por la vida; soy la vida;
por lo tanto, la vivo plenamente.

¿He buscado la vida sin hallarla?
¿Estuvo en cada instante?
¿La conocí a través de la pereza
y de la dispersión, del ocio sin placeres y del tedio?

La conocí y la fui tan plenamente
que no he necesitado celebrarla.
Por haberla perdido y malogrado,

por eso fui la vida sin saberlo.
Quien no contempla el mar no lo comprende.


* * *

Se me fueron los días sin saberlo.
Quien ama el mundo calla, porque teme;
quien no lo ama tanto ama a su amor
y ensalza su delirio.
Se me fueron los días sin saberlo,
se me pasó la suerte,
amé y callé, y en el silencio vivo
el amor que no dije, dulce carne
tras la quietud silente de los muros.

En la mueca lejana que a la sombra
dibuja nuestro ceño,
la conexión oculta
transparenta las aguas del remanso.
Amar es la caricia
que en la profundidad
transmite nuestro aliento,
que en la sacralidad
oficia nuestro paso.

Pero el mundo transcurre sin saberlo.
Hay un fluido oculto en toda playa;
manifiesto en el hálito marino,
penetra las ventanas,
inunda los salones y los cuartos.

* * *

Sobre el firme dibujo de las casas
boga una lenta nube
y esplende el sol del tedio.
Azul estanco, fugitivo azul,
nadie puede anotar las impalpables
efemérides claras
que, indiscutibles sueños,
se presentan, sonríen y se pierden.

Tangible es la firmeza de los sueños;
no nos engañan, viven,
son, en definitiva;
apostamos por ellos,
los oprimimos sin reservas
a nuestro corazón,
convencidos del peso que acreditan;
hasta que desde el fondo nos sonríen
en su degradación inevitable.

Hay, sobre los tejados,
un silbido de antenas.
Escuchad su fluido; el viento ulula
de levante a poniente;
las cortinas se apartan a su paso;
en el azul flamea el sol radiante.
Ciudad lejana, fuiste.
Temblorosa en la arena,
hundida en el marasmo,
ciudad, lo fuiste todo,
el vano centro, una vez más,
de la extensión amarga,
el exponente fantasmal del mundo.



"César Simón dejó formuladas todas las preguntas, y todas eran una, y no hubo más respuesta que el asombro. Luego, se fue más adentro, y allí cantaba el grillo desvelado, con su más nítida voz, con la más honda, esperando por nada, por nadie, y aún enamorado. Dolía leerlo. Y era grande el consuelo." 
(Vicente Gallego, Poeta)




viernes, 2 de enero de 2015

ANTONIO CISNEROS

Taberna

En las tinieblas los cuerpos envejecen
sin que nadie repare en el escándalo.

Un rostro amable y terso se confunde
con los belfos que van hacia la muerte.

Por eso somos hijos de la noche
a la puerta del templo. Un lamparín

es también el anuncio de reposo
para los cazadores extenuados.

Una taberna, por ejemplo, es en la noche
el frontispicio de las maravillas.

O al menos una luz en las colinas
donde rondan los perros salvajes.

Nadie teme a la muerte adormecido
en su mesa de palo y sin embargo

entre los altos vasos apacibles
se enfría el corazón con la insolencia

(y el encanto tal vez) de un tigre adulto
en la plaza del pueblo a pleno día.

Ninguna confidencia en verdad nos degüella.
Ni la risa recuerda a un jabalí

de pelambre dorada y fino precio.
El páncreas es un campo de ciruelas.
Los diablos apagan la linterna.
Aguardan (como suelen) donde cesa la luz.

De "Propios como ajenos" Antología personal
Editorial Inca, Lima, Perú 1989
 


SAN JUAN DE LA CRUZ

Coplas del alma que pena por ver a Dios

Vivo sin vivir en mí
y de tal manera espero
que muero porque no muero. 


I
En mí yo no vivo ya
y sin Dios vivir no puedo
pues sin él y sin mí quedo
éste vivir ¿qué será?
Mil muertes se me hará
pues mi misma vida espero
muriendo porque no muero. 

II
Esta vida que yo vivo
es privación de vivir
y así es continuo morir
hasta que viva contigo.
Oye, mi Dios, lo que digo:
que esta vida no la quiero
que muero porque no muero. 

III
Estando ausente de ti
¿qué vida puedo tener
sino muerte padecer
la mayor que nunca vi?
Lástima tengo de mí
pues de suerte persevero
que muero porque no muero. 
IV
El pez que del agua sale
aun de alivio no carece
que en la muerte que padece
al fin la muerte le vale.
¿Qué muerte habrá que se iguale
a mi vivir lastimero
pues si más vivo más muero? 
V
Cuando me pienso aliviar
de verte en el Sacramento
háceme más sentimiento
el no te poder gozar
todo es para más penar
por no verte como quiero
y muero porque no muero. 

VI
Y si me gozo, Señor,
con esperanza de verte
en ver que puedo perderte
se me dobla mi dolor;
viviendo en tanto pavor
y esperando como espero,
muérome porque no muero. 
VII
Sácame de aquesta muerte
mi Dios, y dame la vida;
no me tengas impedida
en este lazo tan fuerte;
mira que peno por verte,
y mi mal es tan entero
que muero porque no muero. 
VIII
Lloraré mi muerte ya
y lamentaré mi vida
en tanto que detenida
por mis pecados está.
¡Oh mi Dios!, ¿cuándo será
cuando yo diga de vero
vivo ya porque no muero?