domingo, 28 de septiembre de 2014

OSCAR HAHN

Meditación al atardecer

Esta calle que baja dura una eternidad

Aquí se cuecen vivos los grandes pensamientos

Ha llegado la hora del descanso en que no se descansa
Cuando los perros creen en santas y en fantasmas

En este punto mi madre y mi hermana preguntaron sin voz
¿Y qué sabes tú de todo eso?

Me han enterrado dos veces este otoño mamá

En esto el huracán me separo las alas con violencia
y el ataúd se rompió.

¿Qué hace mi hermana en el bosque?
Su fantasma salió de mis propias cenizas

Mi espada quiere beber de su sangre
y centellea con ardiente deseo

Mi madre es un viento que seca los árboles frutales

Y qué sabes tú de todo eso preguntaron sin voz

Los niños y las amapolas son inocentes
hasta en su maldad recitaron en coro

Ahora oigo sonar sus viejas caras
Las de mi madre y las de mi hermana

La tierra tiene piel y esa piel padece enfermedades
replicaron llorando

Es cierto hijo que eres una noche de oscuras risas

¿De dónde sacas lo que vomitas?
Sal de tus profundidades oye

Ahora el sol me derrite y los perros me lamen la piel

Eres un charco de muerte en las pesadillas
de los condenados al sueño me gritaron las brujas

Soy un charco de sueño en las pesadillas
de los condenados a muerte queridas

En este punto volvieron a decirme sin voz
¿Y qué sabes tú de todo eso?

Váyanse al mismo diablo les dije

Esta calle que baja
                                 no acaba nunca de bajar 




viernes, 26 de septiembre de 2014

MIGUEL VEYRAT

Ante el leve resplandor de la noche prisionero
de un río que aún no fluye
siento que anida en ti una oscuridad
que me anonada. Sólo mi fruto
abulta tras el canto que hizo llorar
a los muertos. De momento palpito y juro
que a partir de hoy nada quedará
sin ser dicho. Pero esto ya fue ahora:
El orto especular de medianoche. Momento 
esencial de otro día donde se esfuma
la palabra como bruma sin pronunciar. Donde 
dudo. Donde el imposible abrazo
que disuelve cuanto abarca escaparía
a la pérdida. Ven y déjame
cantarte al oído cuán hermosa te apareces
a poco que la muerte se anticipe
como luz más verdadera. Cuando tiemblas
con aquel miedo de alma joven
a engendrarse de nuevo para ser parte
del todo. Antes de abolirte tu misma
al cumplirse el tiempo del desamparo -duro 
espejo en el metrónomo de Abajo.
Adonde huyeron los dioses y aún no
asoman para pactar entre su muerte y la tuya.

De "Pasaje de la noche" Ediciones Barataria, 2014


jueves, 25 de septiembre de 2014

EMILY DICKINSON

Poema 520
Me fui temprano -me llevé a mi perro-
a visitar el mar.
Las sirenas del sótano
salían a mirarme
y, en el piso de arriba, las fragatas
extendían manos de cáñamo, 
creyéndome una rata
encallada en la arena.
No huí, con todo. Hasta que el flujo
me llegó a los zapatos
y al delantal y al cinturón
y enseguida al corpiño,
tal como si intentara devorarme
como a una gota de rocío
en una flor de diente-de-león.
Entonces salí huyendo.
Él me siguió. Venía detrás, cerca.
Sentía su tacón de plata
en mi tobillo y mis zapatos
rebosaron de perlas.
Los dos llegamos hasta el pueblo firme.
No parecía conocer a nadie.
me miró con dureza
y se fue, haciéndome una venia.


Versión de José Manuel Arango




sábado, 20 de septiembre de 2014

ODYSSEUS ELYTIS

Del Egeo

I

El amor
El archipiélago
Y la proa de sus espumas
Y las gaviotas de sus sueños
En la vela más alta el marinero hace ondear
Una canción

El amor
Su canción
Y los horizontes de su viaje
Y el eco de su nostalgia
En la roca más mojada la novia espera
Un barco

El amor
Su barco
y la despreocupación por sus vientos etesios
Y el foque de su esperanza
En su más suave oleaje una isla acuna
La llegada.


II
Juguetes las aguas
 En los sombríos vados
Anuncian con sus besos el alba
Que despunta
Horizonte -

Y las palomas torcaces un eco
Hacen resonar en su cueva
Despertar azul en la fuente
Del día
Sol-

Da el mistral la vela
Al mar
Las caricias de los cabellos
A la indolencia de su sueño
Relente -

Una ola en la luz
Hace renacer los ojos
Donde la Vida boga hacia
La contemplación
Vida-


III
Murmullo beso en su arena acariciada - Amor
Su libertad azul la gaviota
Entrega al horizonte
Olas vienen y van
Espumosa respuesta en los oídos de las caracolas
¿Quién se llevó a la muchacha rubia y quemada por el sol?
La brisa con su soplo transparente
Inclina la vela del sueño
A lo lejos
Amor su promesa murmura - Bisbiseos.



De "Orientaciones" 
Ediciones del oriente y del mediterráneo 1996
Traducción: Ramón Irigoyen




MARINA TSVETÁIEVA

A ti, dentro de un siglo 

A ti, que nacerás dentro de un siglo,
cuando de respirar yo haya dejado,
de las entrañas mismas de un condenado a muerte,
con mi mano te escribo.

¡Amigo, no me busques! ¡Los tiempos han cambiado
y ya no me recuerdan ni los viejos!
¡No alcanzo con la boca las aguas del Leteo!
Extiendo las dos manos.

Tus ojos: dos hogueras,
ardiendo en mi sepulcro -el infierno-
y mirando a la de las manos inmóviles,
la que murió hace un siglo.

En mis manos -un puñado de polvo-
mis versos. Adivino que en el viento
buscarás mi casa natal.
O mi casa mortuoria.

Orgullo: cómo miras a las mujeres,
las vivas, las felices; yo capto las palabras:
"¡Impostoras! ¡Ya todas están muertas!
Sólo ella está viva.

Igual que un voluntario le ha servido.
Conozco sus anillos y todos sus secretos.
¡Ladronas de los muertos!
¡De ella son los anillos!"

¡Mis anillos! Me pesa,
hoy me arrepiento
de haberlos regalado sin medida.
¡Y no supe esperarte!

También me da tristeza que esta tarde
tras el sol haya ido tanto tiempo
y he ido a tu encuentro,
dentro de un siglo.

Apuesto -dice él- que vas a maldecir
a todos mis amigos en sus oscuras tumbas.
¡Todos la celebraban! Pero un vestido rosa
nadie le ofreció.

¿Quién era el generoso? Yo no: soy egoísta.
No oculto mi interés si no me matas.
A todos les pedía cartas,
para por las noches besarlas.

¿Decirlo? ¡Lo diré! El no-ser es un tópico.
Y ahora, para mí, eres ardiente huésped.
Les negarás la gracia a todas las amantes
para amar a la que hoy es sólo huesos.




Traducción de Carlos Álvarez

GREGORY CORSO

Cómo no morir

Si estoy rodeado de personas
si siento que voy a morir
me disculpo
diciéndoles “¡Tengo que irme!”
“¿Ir adónde?” quieren saber
No contesto
solo me voy de allí
me alejo de ellos
porque de alguna manera
ellas presienten que algo no está bien
y nunca saben qué hacer
las asusta lo repentino
Qué horrible
sólo estar sentado ahí
y ellas preguntándome:
“¿Estás bien?”
“¿Podemos darte algo?”
“¿Quieres recostarte?”
¡Sí dioses!  ¡personas!
¡¿quién quiere morir rodeado de personas?!
Particularmente cuando ellas no pueden hacer una mierda
Al cine... al cine
allí es donde me dirijo apurado
cuando siento que voy a morir
Hasta ahora ha funcionado.



jueves, 18 de septiembre de 2014

VICTOR JARA

Somos cinco mil aquí 
en esta pequeña parte la ciudad. 
Somos cinco mil. 
¿Cuántos somos en total 
en las ciudades y en todo el país? 
Sólo aquí, 
diez mil manos que siembran 
y hacen andar las fábricas. 
Cuánta humanidad 
con hambre, frío, pánico, dolor, 
presión moral, terror y locura. 

Seis de los nuestros se perdieron 
en el espacio de las estrellas. 
Uno muerto, un golpeado como jamás creí 
se podría golpear a un ser humano. 
Los otros cuatro quisieron quitarse 
todos los temores, 
uno saltando al vacío, 
otro golpeándose la cabeza contra un muro 
pero todos con la mirada fija en la muerte. 
¡Qué espanto produce el rostro del fascismo! 
Llevan a cabo sus planes con precisión artera 
sin importarles nada. 
La sangre para ellos son medallas. 
La matanza es un acto de heroísmo. 
¿Es este el mundo que creaste, Dios mío? 
¿Para esto tus siete días de asombro y de trabajo? 
En estas cuatro murallas sólo existe un número 
que no progresa. 
Que lentamente querrá más la muerte. 

Pero de pronto me golpea la consciencia 
y veo esta marea sin latido 
y veo el pulso de las máquinas 
y los militares mostrando su rostro de matrona 
llena de dulzura. 
¿Y México, Cuba y el mundo? 
¡Qué griten esta ignominia! 
Somos diez mil manos 
menos que no producen. 
¿Cuántos somos en toda la patria? 
La sangre del compañero Presidente 
golpea más fuerte que bombas y metrallas. 
Así golpeará nuestro puño nuevamente.



miércoles, 17 de septiembre de 2014

JAVIER EGEA

El viajero

(De Miguel, camarada viajero con el frío)

III


Pretendieran tus ojos estos mares felices,
esta orilla encendida.
Pretendiera esta luz tu corazón viajero.

Desde el muelle miramos,
contemplamos los mares que se agrandan ya tuyos.
Fue en ellos que tu casa levantaste de nuevo,
en estas luces cálidas,
en estas aguas
adonde está tendida,
verde y grande la mano de las algas,
blanca y fresca la boca de la espuma.

Aquí, donde la paz adivinamos
por las grutas azules que ha poblado tu cuerpo,
aquí, donde caballos presentimos
como un galope verde en la memoria,
aquí, donde traineras y velámenes
amaneciendo están
y sorprendidos.

Es tuya tanta luz.
                                    En este puerto
donde los marineros aparejan el aire
y nos mira la obra sumergida
es tuya tanta luz.
Hemos querido hablarte
cuando el sueño te quema como tú pretendías,
hemos venido a verte desde el miedo
hasta esta casa nueva
donde brillan tus ojos como peces de fuego
por si acaso tuvieras noticias de ese barco
en el que un día zarparon los hombres y la historia.

Es tuya tanta luz. Hoy todo está contigo.

Y baja la marea
y cantan los dormidos
y gaviotas llegan con el viento encendido
y hemos de volver
y tú no estás pero tu voz nos llama.

Para los que quedamos es más triste el camino.

Quizás alguna tarde,
en alta mar tu sueño y las primeras algas,
como un octubre nuevo,
florecerá en las gavias
una bandera roja, Miguel, que nos reclama.






martes, 16 de septiembre de 2014

ROBERTO JUARROZ


Hay que inventar respiraciones nuevas.
Respiraciones que no sólo consuman el aire,
sino que además lo enriquezcan
y hasta lo liberen
de ciertas combinaciones taciturnas.

Respiraciones que inhalen además
las ondas y los ritmos,
la fragancia secreta del tiempo
y su disolución entre la bruma.

Respiraciones que acompañen
a aquel que las respire.

Respiraciones hacia adentro del sueño,
del amor y la muerte.

Y para eso hay que inventar un nuevo aire,
unos pulmones más fervientes
y un pensamiento que pueda respirarse.

Y si aún faltara algo,
habría que inventar también
otra forma más concreta del hombre.  



viernes, 12 de septiembre de 2014

RAFA CORRECHER

Primer apunte

  
En esta casa
-entre las losas húmedas del patio,
bajo cerezas deslizándose
sobre tu piel
o en la mirada dócil
que observa
nuestro jardín tiznado por la lluvia,

hay espacios de luz que son el tiempo.



jueves, 11 de septiembre de 2014

PIER PAOLO PASOLINI

Análisis tardío

(Fin de los años sesenta)

Sé bien, sé bien que estoy en el fondo de la fosa;
que todo aquello que toco ya lo he tocado;
que soy prisionero de un interés indecente;
que cada convalecencia es una recaída;
que las aguas están estancadas y todo tiene sabor a viejo;
que también el humorismo forma parte del bloque inamovible;
que no hago otra cosa que reducir lo nuevo a lo antiguo;
que no intento todavía reconocer quién soy;
que he perdido hasta la antigua paciencia de orfebre;
que la vejez hace resaltar por impaciencia sólo las miserias;
que no saldré nunca de aquí por más que sonría;
que doy vueltas de un lado a otro por la tierra como una bestia enjaulada;
que de tantas cuerdas que tengo he terminado por tirar de una sola;
que me gusta embarrarme porque el barro es materia pobre y por lo tanto pura;
que adoro la luz sólo si no ofrece esperanza.


Versión de Hugo Beccacece





jueves, 4 de septiembre de 2014

ÁLVARO MUTIS

Ciudad

Un llanto
un llanto de mujer
interminable,
sosegado,
casi tranquilo.
En la noche, un llanto de mujer me ha despertado.
Primero un ruido de cerradura,
después unos pies que vacilan
y luego, de pronto, el llanto.
Suspiros intermitentes
como caídos de un agua interior,
densa,
imperiosa,
inagotable,
como esclusa que acumula y libera sus aguas
o como hélice secreta
que detiene y reanuda su trabajo
trasegando el blanco tiempo de la noche.
Toda la ciudad se ha ido llenando de este llanto,
hasta los solares donde se amontonan las basuras,
bajo las cúpulas de los hospitales,
sobre las terrazas del verano,
en las discretas celdas de la prostitución,
en los papeles que se deslizan por solitarias avenidas,
con el tibio vaho de ciertas cocinas militares,
en las medallas que reposan en joyeros de teca,
un llanto de mujer que ha llorado largamente
en el cuarto vecino,
por todos los que cavan su tumba en el sueño,
por los que vigilan la mina del tiempo,
por mí que lo escucho
sin conocer otra cosa
que su frágil rodar por la intemperie
persiguiendo las calladas arenas del alba.

De "Los trabajos perdidos"


miércoles, 3 de septiembre de 2014

CLAUDIO RODRÍGUEZ

Don de la ebriedad

Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.

Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda
los contiene en su amor? ¡si ya nos llega
y es pronto aún, ya llega a la redonda
a la manera de los vuelos tuyos
y se cierne, y se aleja y, aún remota,
nada hay tan claro como sus impulsos!

Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.
Como yo, como todo lo que espera.
Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?

Y, sin embargo -esto es un don-, mi boca
espera, y mi alma espera, y tú me esperas,
ebria persecución, claridad sola
mortal como el abrazo de las hoces,
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.