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Mostrando entradas de octubre, 2012

MARK STRAND

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LA MELANCOLÍA SOTERRADA DEL POETA


Un verano cuando todavía era joven se paró frente a la ventana y se preguntó adónde se  habrían ido aquellas mujeres que se sentaban junto al océano, observando y esperando algo que jamás llegaría, con el viento ligero sobre su piel enviando mechones de cabellos sueltos que les cruzaban los labios. ¿De qué estación del año habrían caído? ¿De qué idea de gracia se habían desviado? Hacía mucho que no las veía en su solitario esplendor, graves en su ociosidad, encarnando la triste historia de la esperanza abandonada. Éste fue el verano en que salió a la noche milagrosa, al mar de la oscuridad, como por primera vez, a emitir su propia luz, pero lo que emitió fue oscuridad, lo que encontró fue la noche.

WALLACE STEVENS

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DOS CARTAS
I
Una carta de
Aun si hubiera habido una luna creciente sobre todas las puntas de nubes de los cielos, empapando el atardecer en luz de cristales,
uno habría querido más, más, más…: un verdadero interior al que retornar, un hogar contra uno mismo, una oscuridad,
una facilidad en que vivir la vida de un momento, el amor y la fortuna del momento de vida, libre de todo lo demás, libre ante todo del pensamiento.
Habría sido como encender una candela, como apoyarse en una mesa, resguardándose los ojos, y oír el relato que uno tanto quería oír,
como si todos estuviéramos sentados juntos otra vez y hablara uno de nosotros y creyéramos todos lo que oímos y la luz, aunque poca, fuera bastante.

II
Una carta a
Ella quería un día de fiesta, con alguien para hablar su dulzada lengua materna,
en las sombras de un bosque…, sombras, bosques…, y en el habla los dos,
en un secreto de palabras abiertas por completo dentro de un secreto lugar,
sin tener que ver con el amor. Ese día una tierra la tendría en sus brazos
o …

MARAM AL-MASRI

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Sólo le rodea

lo de siempre.

Los muebles de su casa

y sus camisas,

los amigos con sus mujeres,

sus ideas y preocupaciones.


Soñaba

sentado en la silla de siempre

con sueños de grandes hombres

caminaba

sobre frágiles nubes

con calzado barato

que dejó en los dedos de sus pies

dolorosas magulladuras.


Baila ante ciegos,

que aplauden

con entusiasmo.

Crea la belleza

con pasión.

En su pequeña cama

la dibuja,

y sabe

que lo único grandioso

en su vida

es el dolor de espalda.




RAFA CORRECHER

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Nenúfares


Escondo mi cabeza bajo las verjas azuladas

de tus dedos

y escucho respirar a los nenúfares.



Si está su luz tan limpia, no los toques

-me dices, mientras

la tela de una nube

entra en la habitación,

deja sombras quebradas

y toma

este silencio

que parece hecho a su medida-.



No tengo un rumbo fijo.



Afuera,

tan sólo me entretienen

palomas que se aferran

al dorso de mi mano

y el óxido solar de esos nenúfares.









INGEBORG BACHMANN

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El tiempo postergado

Vienen días más duros.
El tiempo postergado hasta nuevo aviso
asoma por el horizonte.
Pronto tendrás que atarte los zapatos
y correr los perros de vuelta a las granjas marismeñas.
Pues las vísceras de los peces
se han enfriado al viento.
Arde pobre la luz de los altramuces.
Tu mirada rastrea la niebla:
el tiempo postergado hasta nuevo aviso
asoma por el horizonte.

Allí se te hunde la amada en la arena,
sube por su cabello ondeante,
le quita la palabra,
le ordena callarse,
le parece mortal
y dispuesta a la despedida
tras cada abrazo.

No mires hacia atrás.
Átate los zapatos.
Corre los perros de vuelta.
Tira los peces al mar.
¡Apaga los altramuces!

Vienen días más duros.



Versión de Arturo Parada


RAFA CORRECHER

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Barrio de Shaar (Alepo, Siria)
Dicen los viejos que contemplar el sol otra mañana es un milagro:
Un día más con vida y podrás escuchar pequeños cascabeles invisibles.
Él nunca quiso hablar con una lápida pero, ventanas hacia adentro, sus ojos tintinean.
Un tullido en la calle le recuerda viejas estatuas bizantinas y todas las palabras que cuelgan de esos muros desgajados.
Las calles son volcanes, hay muertos que no pueden abrirse más los ojos y una sábana blanca pinta de nieve los balcones.
Ya casi es mediodía.

Los dedos de su hermano
ya son, a estas alturas, 
incandescentes
debilidades.

JOSÉ LUIS PARRA

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Bar Aduana

Si, en verdad, la frontera de mis últimos 
años fuese tan plácida,
                                  qué consuelo sería
permanecer en ella largo tiempo,
ocioso y saludable.
¿Qué otra cosa podría decirme la felicidad de estar aquí, en este
bar, de nombre Aduana,
una mañana fúlgida de julio,
acogido a la sombra
de un formidable ficus centenario?

Ya extranjero en las dos orillas
acepto complacido esta pequeña patria provisoria.
Desde aquí miro el mar y aguardo la barcaza,
la alegre "golondrina" que me conducirá
al otro lado, más allá
del faro y la escollera, 
mientras vuelan gaviotas a lo lejos,
oscilan suavemente las esbeltas
embarcaciones de recreo
y el insondable cerco se apacigua.





JOSÉ LUIS PARRA

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El Silencio

Hablamos del silencio. Qué imprecisos.
Desconocemos lo que oculta, rara naturaleza
ajena a nuestra condición.
Somos ruido, materia quebradiza
de gritos y susurros, 
                                    y nuestra vida
transcurre entre el clamor de un tráfico insomne
y el nocturno vaivén de la conciencia.
Somos ruido de fondo que añora su Big-bang,
el eco de una fiesta que tuvo su esplendor y hoy languidece
en rota melodía, en zumbido inacabable.
Y el resto no es silencio, sino el tránsito
de lo orgánico cuando se va descomponiendo:
estallido de gases, chasquido de jugos, crepitaciones...
Ahora, en el insomnio, 
oigo con toda nitidez el incesante
oleaje que baña el mundo,
y en la alucinación exacerbada
del que percibe el temblor de los tejidos que envejecen,
desciendo al inframundo,
al sumergido iceberg de lo inaudito,
a ese latido infinitesimal,
materia oscura de ondas fantasmales.
Y esto sería tan sólo el comienzo
de lo terrible, lo que aún logramos concebir.
Si de verdad pudiésemos escuchar el sile…

JAIME GIL DE BIEDMA

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Contra Jaime Gil de Biedma

De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso,
dejar atrás un sótano más negro
que mi reputación -y ya es decir-,
poner visillos blancos
y tomar criada,
renunciar a la vida de bohemio,
si vienes luego tú, pelmazo,
embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes,
zángano de colmena, inútil, cacaseno,
con tus manos lavadas,
a comer en mi plato y a ensuciar la casa?
Te acompañan las barras de los bares
últimos de la noche, los chulos, las floristas,
las calles muertas de la madrugada
y los ascensores de luz amarilla
cuando llegas, borracho,
y te paras a verte en el espejo
la cara destruida,
con ojos todavía violentos
que no quieres cerrar. Y si te increpo,
te ríes, me recuerdas el pasado
y dices que envejezco.
Podría recordarte que ya no tienes gracia.
Que tu estilo casual y que tu desenfado
resultan truculentos
cuando se tienen más de treinta años,
y que tu encantadora
sonrisa de muchacho soñoliento
-seguro de gustar- es un resto penoso,
un intento patético.
Mientras que tú me miras con …

ZBIGNIEW HERBERT

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El de ciencias naturales

No puedo recordar
su rostro
estaba de pie frente a mí en lo alto
al final de sus largas piernas separadas
veía
su cadenita de oro
su gris levita
y su flaco cuello
al que estaba prendida
una inerte corbata

fue el primero que nos enseñó
el anca de una rana muerta
que pinchada con un alfiler
violentamente se contrae

él nos introdujo
a través de un microscopio dorado
en la vida íntima
de nuestro bisabuelo
el paramecio

trajo un oscuro grano
y dijo: cornezuelo

instigado por él
en el décimo año de mi vida
fui padre
cuando tras una tensa espera

de una castaña sumergida en el agua
apareció un brote amarillo
y todo estalló en canto
alrededor

en el segundo año de la guerra
mataron al de ciencias
los malandrines de historia

si es que fue al cielo-

quizá camine ahora
sobre largos rayos
vestidos con grises medias
con una enorme red
y una caja verde
alegremente bamboleándose a su espalda

pero si no se fue allá arriba-

cuando en el sendero del bosque
encuentro un escarabajo encaramándose
a una pelotilla de arena
me ace…

JOSE EMILIO PACHECO

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ODIO


Para ser Dios a la palabra Odio le falta una letra y le sobra otra. No obstante, ejerce la potestad absoluta sobre nosotros. Hay declaraciones contra todo excepto contra el odio.  En los edificios, vemos letreros: No entre, no pase, no se detenga, no pregunte, no hable. Jamás he visto ninguna que ordene: No odie.
El odio como el aire lo llena todo. Su expansión satura de rabia al mundo. Inventamos artefactos que le dan rienda suelta y lo multiplican en infinitas series de venganzas.
O-d-i-o. La d son las fauces que devoran el planeta. La i, la espada y la flecha que los aniquilan. La primera o es un cero a la izquierda: la inutilidad de querer derrotarlo. La segunda o es otro cero y esta vez simboliza la mutua aniquilación a la que el odio nos condena.





JUAN GELMAN

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La muchacha del balcón

La tarde bajaba por esa calle junto al puerto
Con paso lento, balanceándose, llena de olor,
Las viejas casas palidecen en tardes como ésta,
Nunca es mayor su harapienta melancolía
Ni andan más tristes de paredes,
En las profundas escaleras brillan fosforescencias como de mar,
ojos muertos tal vez que miran a la tarde como si recordaran,
eran las seis, una dulzura detenía a los desconocidos,
una dulzura como de labios de la tarde, carnal,
                                                                carnal,
los rostros se ponen suaves en tardes como ésta,
arden con una especie de niñez
contra la oscuridad, el vaho de los dancings.

Esa dulzura era como si cada uno recordara a una mujer
Sus muslos abrazados, la cabeza en su vientre,
El silencio de los desconocidos
Era un oleaje en medio de la calle
Con rodillas y rostros de ternura chocando
Contra el "New Inn", las puertas, los umbrales de color abandono.

Hasta que la muchacha se asomó al balcón
de pie sobre la tarde íntima…

OLGA OROZCO

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Para hacer un talismán

Se necesita sólo tu corazón
hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios.
Un corazón apenas, como un crisol de brasas para la idolatría.
Nada más que un indefenso corazón enamorado.
                                                               Déjalo a la intemperie,
donde la hierba aúlle sus endechas de nodriza loca y no pueda dormir,
donde el viento y la lluvia dejen caer su látigo en un golpe de azul escalofrío
sin convertirlo en mármol y sin partirlo en dos,
donde la oscuridad abra sus madrigueras a todas las jaurías y no logre olvidar.
Arrójalo después desde lo alto de su amor al hervidero de la bruma.
Ponlo luego a secar en el sordo regazo de la piedra,
y escarba, escarba en él con una aguja fría hasta arrancar el último grano de esperanza.
Deja que lo sofoquen las fiebres y la ortiga,
que lo sacuda el trote ritual de la alimaña,
que lo envuelva la injuria hecha con los jirones de sus antiguas glorias.
Y cuando un día un año lo aprisione con la garra de un siglo, an…

RAYMOND CARVER

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MIEDO

Miedo de ver un coche de la policía pararse delante de casa.
Miedo de dormirme por la noche.
Miedo de no dormirme.
Miedo de que resurja el pasado.
Miedo de que el presente emprenda el vuelo.
Miedo al teléfono que suena en medio de la noche.
Miedo a las tormentas eléctricas.
Miedo a la mujer de la limpieza que tiene un grano en la mejilla.
Miedo a perros de los que me han dicho que no muerden.
Miedo a la ansiedad.
Miedo de tener que identificar el cadáver de un amigo.
Miedo de quedarme sin dinero.
Miedo de tener demasiado, aunque la gente no se lo crea.
Miedo a los perfiles psicológicos.
Miedo de llegar tarde y miedo de llegar el primero.
Miedo a la letra de mis hijos en un sobre.
Miedo de que mueran antes que yo, y me sienta culpable.
Miedo de tener que vivir con mi madre en su vejez, y la mía.
Miedo a la confusión.
Miedo de que este día acabe con una nota triste.
Miedo de despertarme y ver que te has ido.
Miedo de no amar y miedo de no amar lo suficiente.
Miedo de que lo que amo tenga consecuencias f…

FRANCISCO DE QUEVEDO

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Amor constante más allá de la muerte...


Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;
mas no de esotra parte en la ribera
dejará la memoria en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.
Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas, que han gloriosamente ardido,
su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán cenizas, mas tendrán sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.




PAUL CELAN

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Corona

En mi mano el otoño come su hoja: somos amigos.
Extraemos el tiempo de las nueces y le enseñamos a caminar:
regresa el tiempo a la nuez.

En el espejo es domingo,
en el sueño se duerme,
la boca dice la verdad.

Mi ojo asciende al sexo de la amada:
nos miramos,
nos decimos palabras oscuras,
nos amamos como se aman amapola y memoria,
nos dormimos como el vino en los cuencos,
como el mar en el rayo sangriento de la luna.

Nos mantenemos abrazados en la ventana, nos ven desde la calle:
tiempo es de que se sepa,
tiempo es de que la piedra pueda florecer,
de que en la inquietud palpite un corazón.
Tiempo es de que sea tiempo.

Es tiempo.



De "La arena de las urnas" 1948
Versión de José Ángel Valente






CHARLES BUKOWSKI

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Termómetro

mientras mi piel se arruga premonitoria como
pintura en un muro ardiendo
las moscas de la fruta con ojos
estériles
de un gris naranja
se quedan mirándome
mientras sueño con mujeres imposibles de color lavanda
hermosas como la inmortalidad

mientras mi piel se arruga premonitoria
yo leo The New York Times 
las arañas se pelean con las hormigas en las sombrías raíces
de la hierba
y las putas alzan sus manos al cielo pidiendo
amor
mientras los ratones blancos
se aprietan los unos con los otros discutiendo
sobre un trozo de queso

mientras mi piel se arruga premonitoria
yo pienso en Cartago y en Roma y
en Berlín
pienso en jovencitas cruzando sus
piernas de nylon en la parada del autobús

mientras mi piel se arruga premonitoria como
pintura en un muro ardiendo
me levanto de la silla para beber agua
en una plácida tarde
y me pregunto por el agua
me pregunto por mí,
un cálido preguntarse como un termómetro cálido
que sube como una mariposa
en una destilada tarde de amarillo pálido
y …

JOHN ASHBERY

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Paseo Marítimo

Con la mente ocupada en algo,
advierto bancos de hojas secas
zarandeadas por el viento, abalanzándose
como un perro a punto de tumbarse,
y una voz como la de mi madre que dice:
"Entonces vas a tener que aprender
a prescindir de ello. Son cáscaras de hojas".

En otra ocasión la voz me vuelve
a traer de no muy lejos.
Yo imaginaba hermanas, cómo domina una puerta
la larga vida de uno, que solo al final llega
a una "insensata coherencia",
y para entonces uno ya ha pasado todas
las objeciones razonables,
y está solo.
¿Y cómo va a importarme si esta amplia silla
está hecha de monotonía, o si
la rara noche tuvo alguna parte en ello?
Es la hora del retorno a las oportunidades
que a uno no le ofrecieron, las que nos manchan de azul.

Todo el cálculo es un error.
Lo que el calibrador del califa redimió
no es para nosotros, tan remoto
al borde de los anillos de Saturno,
la caída, cuyo olor resuena y alivia
aunque sea un día cualquiera, como lo es
(farfullar de la…