domingo, 22 de abril de 2012

RAFA CORRECHER

DESPEDIDAS

Rostros de sal en los andenes
abren espacios nuevos para ti
y esta pequeña luz dormida
en los escaparates
es breve conjunción
de todos tus estragos.

Un reflejo sin vértices
en esa orilla 
que podría esconder
tanta curiosidad
o tantos miedos;

y entonces viene a tu memoria
aquel pequeño huerto entre edificios,
tu casa y sus palabras;
-la aritmética pura es el mejor remedio
para las despedidas-
por eso ahora miras su reloj:

un viento favorable que rompe tus fronteras.

sábado, 14 de abril de 2012

RAFA CORRECHER

FUERA DEL MUNDO

Fuera del mundo
el sonido se escapa hasta los bordes
del silencio;

su desaparición
es toda su belleza
cuando retienes todavía
otras texturas,
otros paisajes invisibles
en su espiral.

Y en esta hora
siempre estará presente en el verdor de las palabras;

ese velo pintado
será de nuevo el tenso olor
en las conversaciones;

un delirio inaudible que regresa
a la ciudad dormida.

ELEFANTES

«No sabía yo entonces que para matar a un elefante hay que trazar una línea imaginaria que le atraviese la cabeza de oreja a oreja. Por lo tanto, como el elefante estaba de costado, debí apuntar intuitivamente al oído. En realidad apunté unos centímetros más adelante, creyendo que el cerebro estaría algo más adelantado.

Cuando apreté el gatillo no oí el restallar de la bala ni sentí el retroceso del arma --es algo que nunca se percibe cuando se da en el blanco--, pero sí me llegó a los oídos el diabólico rugido de la muchedumbre alborozada. En ese instante, en un lapso brevísimo, tanto que cualquiera habría pensado que era prematuro para que la bala hubiera llegado adonde iba destinada, un cambio misterioso, espantoso, había sobrevenido al elefante. No se movió, ni cayó al suelo, pero cada una de las líneas de su cuerpo se había alterado. Parecía de súbito golpeado, encogido, inmensamente avejentado, como si el terrible impacto de la bala lo hubiera paralizado sin abatirlo. Por fin, al cabo de lo que pareció un buen rato --yo diría que unos cinco segundos-- se hincó débilmente de rodillas. Se le abrió la boca babeante. Una senilidad enorme parecía haberse adueñado de él. Cualquiera habría dicho que pasaba de los mil años de edad. Volví a disparar al mismo blanco. Con el segundo disparo no se desmoronó, sino que logró levantarse con desesperada lentitud y aguantó débilmente en pie, aunque con las patas combadas y la cabeza gacha. Disparé por tercera vez. Ése fue el tiro que acabó con él. Se pudo ver a las claras la agonía que le produjo y le sacudió todo el cuerpo y le arrancó de cuajo la fuerza que pudiera quedarle en las piernas. Al derrumbarse, aún pareció levantarse un momento, pues aun cuando las patas traseras se hundieron bajo su peso pareció descollar como una roca inmensa que cayera rodando, la trompa erguida hacia el cielo igual que un árbol. Barritó por primera y única vez. Y quedó abatido, el vientre vuelto hacia mí, con un estúpido estrépito que pareció estremecer incluso el suelo donde estaba yo tendido.»


George Orwell

jueves, 5 de abril de 2012

RUBÉN DARÍO

LO FATAL

Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque ésa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que conocemos y apenas sospechamos
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!...

miércoles, 4 de abril de 2012

PABLO GARCIA CASADO

Sweet Jane
                                                               
yo he vivido mucho tiempo pendiente de un hilo
telefónico de un buzón sin cerradura de las manos
de unos hombres que no quisieron encontrarme

acumulando toda clase de pastillas esquivando
como pude los domingos por la tarde yo he vivido
demasiado tiempo al otro lado de la pantalla

mirando el amor por los anuncios

ROBERTO BOLAÑO

El fantasma de Edna Lieberman 

Te visitan en la hora más oscura
todos tus amores perdidos.
El camino de tierra que conducía al manicomio
se despliega otra vez como los ojos
de Edna Lieberman,
como sólo podían sus ojos
elevarse por encima de las ciudades
y brillar.
Y brillan nuevamente para ti
los ojos de Edna
detrás del aro de fuego
que antes era el camino de tierra,
la senda que recorriste de noche,
ida y vuelta,
una y otra vez,
buscándola o acaso
buscando tu sombra.
Y despiertas silenciosamente
y los ojos de Edna
están allí.
Entre la luna y el aro de fuego,
leyendo a sus poetas mexicanos
favoritos.
¿Y a Gilberto Owen,
lo has leído?,
dicen tus labios sin sonido,
dice tu respiración
y tu sangre que circula
como la luz de un faro.
Pero son sus ojos el faro
que atraviesa tu silencio.
Sus ojos que son como el libro
de geografía ideal:
los mapas de la pesadilla pura.
Y tu sangre ilumina
los estantes con libros, las sillas
con libros, el suelo
lleno de libros apilados.
Pero los ojos de Edna
sólo te buscan a ti.
Sus ojos son el libro
más buscado.
Demasiado tarde
lo has entendido, pero
no importa.
En el sueño vuelves
a estrechar sus manos,
y ya no pides nada.



lunes, 2 de abril de 2012

VICENTE ALEIXANDRE

HACIA EL AZUL (Fragmento)

El sol está próximo. En el seno de las aguas no hay fuego, pero esa faz resplandeciente me atrae, porque quiero abrasarme mis pupilas, quiero conocer su esqueleto, esa portátil mariposa de los finos estambres, las más delicadas papilas vibratorias. Acaso el amor no puede quemarse. Como un acero carnal se salvará su conciencia. Labios de Dios, besadme, salvadme de mi insistencia fatigada, de mi ceniza desmoronándose. ¡Qué caña hueca de pensar quedará única, oh dulce viento de la estrella, oh azul envío retrasado, oh dulce corazón que ha perdido y que, como un gran hueco de latido, no atiendes ya en la rama!

JUAN GIL ALBERT

EL JARDÍN

Un alto muro a veces me separa
del mundo entero. Yedras y cipreses
intensifican luces y silencios
y en el hueco plausible de la tierra,
tal una mano, vivo dulcemente
una especie de absorto sueño antiguo
que nada extingue. Cerca se oye el agua
deslizándose lejos, un murmullo
que no sabe de mí, lo sabe todo,
un reflejar del cielo estremecido,
una canción dispersa. El tiempo corto
suele durar bastante en la memoria
sin que sepamos qué es lo que en el alma
se nos quedó tan preso que los años
no han podido borrar, aquel asomo
de una felicidad sin conjeturas,
libre, dichosa, suave, deslizante,
que hace que para mí la vida sea,
no importa sus quebrantos, un recuerdo
de sosiego y de paz.

domingo, 1 de abril de 2012

MAHMUD DARWIX

HELENA PURA LLUVIA


Me encontré con Helena, era martes, 
las tres,
la hora del tedio inacabable,
pero el goteo de la lluvia
junto a una hembra como Helena
es un canto al viaje.


Llueve 
como la pura nostalgia... la nostalgia del cielo
por el cielo.
Llueve
como la más pura pena... el lamento del lobo
por su especie.


Llueve sobre los tejados resecos,
sobre los oros resecos de los iconos de la iglesia.
-¿A qué distancia de mí queda la tierra?
¿A qué distancia de ti queda el amor?,
le pregunta el forastero a Helena, la que vende pan
en una calle estrecha como sus medias.
-A una palabra, como mucho... Llueve.


Llueve con hambre de árboles...
Llueve con hambre de piedras...


BERNARDO SOARES

Esta tarde en que escribo, la lluvia ha cesado por completo. La alegría del aire se siente demasiado fresca contra la piel. El día va consumiéndose no en ceniciento, sino en azul pálido. Un azul vago se refleja, incluso en las piedras, de las calles. Duele vivir, pero de lejos. Sentir no importa. Va iluminándose algún que otro escaparate. en otra ventana alta hay gente que da por acabado su trabajo. el mendigo que pasa junto a mí quedaría pasmado si me conociera.


En el azul menos pálido y menos azul, que espejea en los edificios, atardece algo más la hora indefinida.
Va declinando suavemente este día en que los que creen y yerran entran en el engranaje de su trabajo habitual, y tienen, en su propio dolor, la felicidad de la inconsciencia. Va declinando suavemente, ola de luz que se apaga, melancolía de la tarde inútil, bruma sin niebla que penetra en mi corazón. Va declinando suavemente, leve, indefinida palidez lúcida y azul de la tarde acuática...